Esta batalla, tal como estaba concebida, apelando a la responsabilidad de los cónsules, la hemos perdido. Pero la lucha continúa.
Campañas como ésta, apenas un grano de arena en un mar de iniciativas fruto de la indignación ciudadana, siguen siendo necesarias. Cada vez más necesarias. El verano pasado nos adherimos a la denuncia de los crímenes de guerra y de lesa humanidad cometidos por Israel en la Franja de Gaza. En el momento de escribir estas líneas, tras un teórico alto el fuego, la devastada franja ha quedado abandonada a su suerte. El Estado de Israel ampara y promueve la ocupación de más territorio en Cisjordania, arrebatándoselo a la población palestina. Su ejército ha invadido el sur del Líbano, reproduciendo el modus operandi ejecutado en Gaza. Y EE.UU. e Israel han iniciado una guerra, igualmente ilegal, contra Irán…
Empieza a normalizarse que un Estado combata el terrorismo con terrorismo elevado al cubo. Empieza a ser rutinario el asesinato de civiles, personal médico y humanitario, periodistas, “cascos azules”, diplomáticos, mediadores, responsables políticos y gobernantes. La voladura sistemática de viviendas, hospitales, escuelas, centros de culto, infraestructuras básicas, altos el fuego y acuerdos de paz. Algunos ya hablan del Nuevo Orden, pero ni es nuevo —es la ley de la selva de toda la vida— ni aporta orden —sólo caos interesado—.
No somos ingenuos. Sabemos que la ONU nunca ha podido funcionar como debería y que la Corte Penal Internacional tiene serias limitaciones. Hay muchos interesados en que siga siendo así. Pero también sabemos que todo es mejorable y que, a fin de cuentas, el derecho internacional viene a ser el único lenguaje que todos tenemos en común.
La “guerra” contra la injusticia y la impunidad nunca termina. Pero eso no debe desanimarnos, pues no hay alternativa. La indiferencia no puede ni debe ser una opción.
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